Texto III: Ética y Moral: precisiones conceptuales
Ética y moral, desde la etimología
La palabra ética proviene del griego
êthos y significaba, primitivamente, estancia, lugar donde se habita.
Posteriormente, Aristóteles afinó este sentido y, a partir de él, significó
manera de ser, carácter. Así, la ética era como una especie de segunda casa o
naturaleza; una segunda naturaleza adquirida, no heredada como lo es la
naturaleza biológica. De esta concepción se desprende que una persona puede
moldear, forjar o construir su modo de ser o êthos.
¿Cómo se adquiere o moldea este
êthos, esta manera de ser?
El hombre la construye mediante la
creación de hábitos, unos hábitos que se alcanzan por repetición de actos. El
êthos o carácter de una persona estaría configurado por un conjunto de hábitos;
y, como si fuera un círculo o una rueda, éste êthos o carácter, integrado por
hábitos, nos lleva a realizar unos determinados actos, unos actos que provienen
de nuestra manera de ser adquirida.
La palabra moral traduce la expresión
latina moralis, que derivaba de mos (en plural mores) y significaba costumbre.
Con la palabra moralis, los romanos recogían el sentido griego de êthos: las
costumbres también se alcanzan a partir de una repetición de actos. A pesar de
este profundo parentesco, la palabra moralis tendió a aplicarse a las normas
concretas que han de regir las acciones.
Así, pues, desde la etimología, hay poca
diferencia entre ética y moral: una y otra hacen referencia a una realidad
parecida. Pero hoy, pese a que a menudo se usan de manera indistinta como si
fuesen sinónimos, se reconoce que tienen significados divergentes.
Ética y moral, hoy: dos niveles
diferentes.
Tan antiguo como la misma humanidad es
el interés por regular, mediante normas o códigos, las acciones concretas de
los humanos; en todas las comunidades, en todos los pueblos, sociedades o
culturas encuentran prescripciones y prohibiciones que definen su moral.
Ahora bien, junto al nacimiento de la
filosofía apareció otro tipo de interés, el de reflexionar sobre las normas o
códigos ya existentes, comparándolos o buscando su fundamento. Estos dos
diferenciados niveles de interés o de actividad humana constituyen lo que
conocemos hoy, respectivamente, por moral y ética. Veamos.
La moral es un conjunto de juicios
relativos al bien y al mal, destinados a dirigir la conducta de los humanos.
Estos juicios se concretan en normas de comportamiento que, adquiridas por cada
individuo, regulan sus actos, su práctica diaria. Ahora bien, ni las normas o
códigos morales se proclaman como el código de circulación, ni cada persona
asume o incorpora automáticamente el conjunto de prescripciones y prohibiciones
de su sociedad, ni cada sociedad o cultura formulan los mismos juicios sobre el
bien y el mal. Es por todo eso que la moral a menudo es un conjunto de
preguntas y respuestas sobre qué debemos hacer si queremos vivir una vida
humana, es a decir, una vida no con imposiciones sino con libertad y
responsabilidad.
Moral: normas que regulan nuestros actos
La ética, por
otro lado, es una reflexión sobre la moral. La ética, como filosofía de la
moral, se encuentra en un nivel diferente: se pregunta por qué consideramos
válidos unos y no otros comportamientos; compara las pautas morales que tienen
diferentes personas o sociedades buscando su fundamento y legitimación;
investiga lo que es específico del comportamiento moral; enuncia principios
generales o universales inspiradores de toda conducta; crea teorías que
establezcan y justifiquen aquello por lo que merece la pena vivir.
Ética: ¿por qué estas normas?
La moral da pautas para la vida
cotidiana, la ética es un estudio o reflexión sobre qué origina y justifica
estas pautas. Pero las dos, si bien son distinguibles, son complementarias. Del
mismo modo que teoría y práctica interaccionan, los principios éticos regulan
el comportamiento moral pero este comportamiento incide alterando los mismos
principios. A menudo los conflictos de normas morales que aparecen cuando
tenemos que tomar decisiones son el motor que nos impulsa a una reflexión de
nivel ético. Es por ello que Aranguren, reconociendo la vinculación entre
teoría y práctica, llama a la ética moral pensada y a la moral, moral vivida.

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